No le debemos nada a ETA
En esos días de vinos y rosas, donde los españoles, en lo político, solo deseaban que el franquismo se abriese y así parecerse al resto de los europeos, nació un grupo –excisión de las juventudes del PNV– que sino es por Javier Etxebarrieta no habrían pasado de leer a Sabino Arana y aprender euskera. Ese grupo era ETA.
Cuando ETA se convirtió en un grupo terrorista, más por el asesinato de José Pardines provocado por “Txabi” Etxebarrieta y su posterior muerte, que por convicción política, paso de la nada a ser un referente para toda la oposición antifranquista. Los “vascos” estaban realizando lo que ellos deseaban hacer pero no se atrevían. Desde entonces la izquierda se ha sentido, en cierta forma, en deuda con los etarras, aunque esto fuese en contra de sus propios intereses.
De ese pecado original nace la idea de que “algo habrá que darles para que dejen de matar”, que aún hoy, se puede oír en boca de cualquier socialista, por muy honrado y decente que sea. Lo tienen interiorizado. Tuvieron que ser los antiguos “poli–milis”, los que abandonaron el terrorismo en la transición, los primeros que, desde la izquierda, se plantearon acabar con ETA, no solo en lo policial, sino también en lo político, con la configuración de lo que después sería el Pacto Antiterrorista.
Los nacionalistas, en cuyo ADN anida el separatismo, no dudan que, si hoy, tienen el poder que tienen es gracias a los terroristas. Nunca se hubiese planteado el Título VIII de la constitución sin los muertos que ponía ETA en aquellos días. El día que ETA desaparezca, los nacionalistas no tendrán con que negociar. Lo saben y lo constataron tras la muerte de Miguel Angel Blanco y el espíritu de Ermua, por eso, desde entonces, están en alianza con los etarras. Desde el PNV hasta ERC.
Para que ETA desaparezca, primero deberá ser derrotada. Para derrotarla, la izquierda deberá asumir que no se les debe nada y que nada se les va a pagar por dejar de matar. Para que la izquierda asuma eso, como hizo en su día Mario Onaindia, primero deberá reconocer que se equivocó con ETA, que nunca fueron antifranquistas, sino antiespañoles, que no querían acabar con la dictadura, sino con España. Pero eso supondría reconocer que es un error recurrir a las armas para logran fines políticos, cosa que en muchas ocasiones ha hecho esa izquierda, incluyendo los GAL. Supondría renunciar a Castro y sus consecuencias, supondría enfrentarse a Hugo Chavez. En definitiva, supondría reconocer que una gran parte de la historia del socialismo es un grave error, o lo que es peor, un crimen.
Pero si algo aporta Rosa Díez y su UPD es que se puede hacer, no es necesaria una renuncia expresa, basta con dejar de defender los postulados de la izquierda dogmática. Y que cuando se hace, se encuentran con el reconocimiento, con el apoyo y con el cariño, de los que tenemos en la defensa de las libertades como principio emanador del resto.
























